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El colonialismo chileno y la lucha de los pueblos por su soberanía

*Por Patricio Hernández, Espacio de Construcción del Capítulo Chileno de los Movimientos Sociales hacia el Alba.

Más de 12 mil personas se movilizaron en Santiago de Chile en la marcha convocada por organizaciones mapuche de la capital en el contexto del 12 de octubre, marchas que se repitieron en regiones, sobretodo del sur del país. Con consignas en contra del colononialismo del Estado chileno y por una autonomía territorial y autodeterminación, el pueblo mapuche coloca un tema de fondo para la lucha de los pueblos en Chile: la soberanía popular.  <!-- more -->

En el marco de este 12 de octubre las críticas y lucha de los pueblos originarios en Chile se dirigen en contra de un modelo capitalista catalogado como “colonizador” y “depredador” de los recursos naturales y del medioambiente. En Chile, quizás el país más neoliberal del mundo, se impuso, bajo la sombra mortal de la Dictadura Militar, un modelo económico con un carácter profundamente colonizador en dos sentidos, primero, por ser un modelo que ha buscado mercantilizar y lucrar con todos los aspectos de la vida humana hasta su más mínima expresión, privatizándolo todo y negándole al pueblo sus derechos más básicos y vitales, convirtiendo el crédito y el endeudamiento en las armas que encadenan a los trabajadores y sus familias y los obligan a someterse a dictadura del mercado y la explotación laboral. Las cadenas que los españoles pusieran sobre nuestros antepasados cuando pisaron estas tierras, hoy han sido reemplazadas por tarjetas de plástico y créditos de consumo que enriquecen a una minoría funcional a los imperialismos centrales.

La otra faceta del colonialismo neoliberal en Chile, es la antigua usurpación territorial. El pueblo mapuche ha llevado una resistencia de más de 500 años en contra del Imperio Español, del Estado Chileno, del latifundio y, a partir de la dictadura militar, de las grandes empresas forestales, mineras y energéticas que se han apoderado de las tierras ancestrales, recudiendo al pueblo mapuche a una ínfima parte de su territorio original. Pero no sólo el pueblo mapuche sufre de este despojo. Las empresas mineras presentes en el norte chileno no sólo se llevan el cobre y otros minerales de manera casi gratuita gracias a las leyes del Estado chileno, sino que también secan las napas subterráneas, ríos, lagos, géiser y salares, contaminando con desechos tóxicos mares y ríos, destruyendo así la Madre Tierra y la vida de los pueblos originarios y de las comunidades del interior y de la costa. Es para el funcionamiento de esta minería que se instalan termoeléctricas contaminantes en todo el país, destruyendo la salud de la comunidad y dañando gravemente al ecosistema, e hidroeléctricas que inundan territorios sagrados y obligan a comunidades enteras a desplazarse.

En este escenario, la crítica mapuche hacia el Estado chileno que le enrostra su carácter de garante de los intereses de los ricos, es válida también desde el resto de los pueblos que conviven en este lugar del continente. Ha sido élite minoritaria fuertemente ligada al capital monopólico-financiero y al capital transnacional, la que han configurado un Estado colonizador en todos sus aspectos y que ha respondido con represión, asesinatos, Lay Antiterrorista, justicia militar, violaciones a las libertades civiles, persecución, criminalización y torturas, a quienes se han levantado en contra de él. Hoy, el gobierno de Sebastián Piñera pretende implementar una ley que frente el ascendente movimiento social en Chile, penalizando los “saqueos” y las “tomas”. Sin embargo, cuando se habla de castigar estas situaciones se habla cuando los afectados sean los empresarios y el gran capital, pero no se castiga, por ejemplo, el saqueo del cobre en el norte por las transnacionales mineras, de los recursos acuíferos del sur por las salmoneras de los Países Bajos o del saqueo de la mano de obra que hace el gran capital en nuestro país. Tampoco se castiga aquellas tomas de territorio que hacen las transnacionales para producir energía, colocando cables y torres por todo el territorio nacional, para cortar bosques para producir celulosa y sus derivados o para poner antenas de telefonía sin pedir autorización a todos los vecinos afectados.

Frente a este Estado colonizador neoliberal operando para los intereses una minoría, heredero del colonialismo mercantil de los conquistadores españoles al servicio de la Corona, lo que se ha comenzado a levantar es una resistencia de los pueblos que empiezan a reclamar por su soberanía. El pueblo mapuche, en las últimas dos décadas ha desarrollado un importante proceso de resistencia, lucha y recuperación identitaria y territorial, levantando las banderas de la autonomía y la autodeterminación, peleando contra los intereses capitalistas en Wallmapu y ejerciendo el control territorial de las comunidades. De la misma forma, en los últimos años, el pueblo Rapa Nui ha reivindicado sus derechos sobre la isla y han desarrollado manifestaciones cuestionando el colonialismo chileno en la Polinesia. En el norte, el pueblo Aymara y las comunidades locales se han organizado en contra de la minería y las termoeléctricas, exigiendo el respeto por el derecho a la vida y por la Madre Tierra. En las ciudades el pueblo chileno avanza en sus niveles de organización y de lucha exigiendo sus derechos negados, con un creciente número de huelgas y movilizaciones y con un histórico movimiento estudiantil que lleva meses en las calles poniendo en jaque al gobierno y movilizando tras de si a una sociedad entera que pide educación gratuita y de calidad.

El colonialismo chileno al servicio del imperialismo extranjero es resistido por pueblos que reclaman por su soberanía para decidir sobre sus destinos y sobre los recursos y fuentes de vida que la Madre Tierra les ha brindado. Este es un proceso lento y aun germinal y que debe romper con el aislamiento histórico de los pueblos que habitan en Chile, tanto en lo cultural como en lo geográfico. Pero, a pesar de esto, y a pesar de la contrapropaganda que se hace de parte de los gobiernos que han hacia las alternativas bolivarianas, parte de este pueblo que exige soberanía ya comienza a mirar con buenos ojos la propuesta del Alba. Lo han hecho las comunidades del Valle del Huasco en el norte chileno, quienes se encuentran afectadas por los efectos de la minería, sobretodo por el saqueo que estas hacen de los recursos hídricos. Lo hacen los campesinos y agricultores del sur chileno, que ven con preocupación la amenaza de Monsanto y la privatización de las semillas chilenas y que ya comienzan a plantearse el tema de la soberanía alimentaria.

El movimiento social de los pueblos que habitan en Chile, en su generalidad, han comenzado lentamente a rearticularse en la última década, en un proceso que se ha acelerado con la llegada de la derecha al gobierno y los intentos de profundización del modelo económico. Hoy, vivimos en un contexto en donde la organización y la lucha se multiplican y existe una subjetividad más receptiva a ideas nuevas, lo que otorga grandes posibilidades de crecimiento al movimiento social y popular en Chile. Sin embargo, los niveles de organización lucha y conciencia son desiguales en términos sociales, sectoriales y geográficos, y, aunque importante e impresionante a la vista considerando la quietud social de las últimas décadas, estamos en un proceso que recién comienza y seguimos retrasados respecto a las discusiones y avances logrados por otros pueblos hermanos en el continente. Pero ahí reside el desafió de los luchadores sociales chilenos y la necesaria e impostergable unidad con el resto de los movimientos sociales del continente, para que este movimiento que no se detendrá, nazca con una mirada latinoamericana plural e integradora.

*Fonte: El ALBA de los Movimientos Sociales 

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